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ARTHUR C. CLARKE

Sir Arthur C. Clarke — Visionario de la era espacial

Arthur C. Clarke, 1917–2008

En 1977, Clarke dijo de los satélites de comunicaciones: “Durante miles de años el hombre ha buscado su futuro en el cielo estrellado. Ahora, por fin, esta antigua superstición se ha concretizado, porque nuestro destino depende efectivamente de cuerpos celestiales que nosotros mismos hemos creado”.

Sir Arthur C. Clarke, cuyas ideas visionarias anunciaron la era espacial, falleció el 19 de marzo de 2008 en Colombo (Sri Lanka), a los 90 años de edad. La UIT rinde homenaje a su trabajo.

Arthur Charles Clarke nació el 16 de diciembre de 1917 en Minehead, Condado de Somerset (Reino Unido). Durante la Segunda Guerra Mundial participó en el desarrollo de la nueva tecnología de radar. Más adelante, se licenció en física y matemáticas en el King’s College de Londres. En 1945 escribió el famoso artículo en el cual vaticinaba los albores de las comunicaciones por satélite.

Comunicaciones mundiales por satélite

En octubre de 1945, Clarke publicó en la revista británica Wireless World un artículo técnico titulado Extra-terrestrial Relays — Can Rocket Stations Give World-wide Radio Coverage?, en el cual estudiaba la posibilidad de utilizar satélites artificiales como estaciones relevadoras para comunicaciones terrenales. Clarke predijo que un día las comunicaciones de todo el mundo se cursarían por una red de tres satélites geoestacionarios ubicados a intervalos fijos alrededor del ecuador terrestre.

Al principio del artículo, decía que “si bien es posible que eligiendo frecuencias y encaminamientos adecuados puedan proporcionarse circuitos telefónicos entre dos puntos o regiones cualesquiera de la Tierra durante gran parte del tiempo, las comunicaciones de larga distancia dependen notablemente de las particularidades de la ionosfera y, en algunos casos, pueden hasta resultar imposibles. Un auténtico servicio de radiodifusión que ofrezca una intensidad de campo constante a toda hora en todo el mundo sería inestimable, por no decir indispensable, en una sociedad mundial”.

Según él, “puede observarse que una órbita de un radio de 42.000 km tiene un periodo de exactamente 24 horas. Cualquier objeto colocado en esa órbita, si su plano coincidiera con el del ecuador terrestre, giraría al mismo ritmo que la Tierra y, por lo tanto, quedaría estacionario con respecto al mismo punto del planeta. Permanecería fijo en el cielo de todo un hemisferio y, a diferencia de los demás cuerpos celestes, no tendría amanecer ni ocaso”. Si, decía Clarke, pudiera enviarse material en un cohete hasta esa órbita, podría construirse una “estación espacial que podría disponer de equipos de recepción y transmisión y servir de repetidor para cursar transmisiones entre dos puntos cualesquiera del hemisferio correspondiente. Además, una transmisión recibida desde cualquier punto de ese hemisferio podría retransmitirse hacia toda la cara visible del planeta. Una sola estación podría proporcionar cobertura a la mitad del mundo y para obtener un servicio mundial se necesitarían tres, aunque podrían utilizarse fácilmente algunos más” (véase la Figura 1).

Figura 1 — En su artículo de 1945, Clarke ilustró cómo podía cubrirse todo el mundo con tres satélites en órbita geoestacionaria

 
 

Dos decenios más tarde, en 1964, la NASA lanzó Syncom 3, el primer satélite geoestacionario que se utilizó para retransmitir imágenes de los Juegos Olímpicos de 1964 desde Tokio a Estados Unidos, la primera transmisión de televisión a través del Océano Pacífico. Este satélite fue precedido por Syncom 1, que dejó de funcionar poco después de su lanzamiento en febrero de 1963, y por Syncom 2, lanzado en julio de 1963 para transmitir telefonía y fax entre África, Europa y Estados Unidos. Si bien Syncom 2 fue el primer satélite de comunicaciones geosíncrono, su órbita era inclinada más que geoestacionaria.

En 1954, Clarke también propuso utilizar satélites para la meteorología. Hoy no concebimos las previsiones meteorológicas sin esos satélites, y centenares de satélites ocupan la órbita geoestacionaria y proporcionan comunicaciones y servicios de radiodifusión a millones de personas de todo el mundo. La zona del espacio que utilizan se suele llamar a veces Cinturón de Clarke.

Cuando analiza todas estas evoluciones en su libro El mundo es uno — Más allá de la aldea mundial, publicado en 1992, Clarke explica cómo la idea de colocar un satélite en órbita geoestacionaria germinó progresivamente en la mente de varios pensadores tales como el científico ruso Konstantin Tsiolkovsky, Herman Potočnik (también conocido como Hermann Noordung), un esloveno nacido en el país que ahora se llama Croacia, y el alemán Hermann Oberth.

Puede considerarse, sin embargo, que Clarke lanzó la idea de una red mundial de comunicaciones por satélite aprovechando el trabajo preliminar de otros. En ese libro, escribió que “a veces me temo que ustedes, los habitantes de la Tierra, dan las estaciones espaciales por sentado y olvidan los conocimientos científicos y el valor necesario para crearlo. ¿Cuántas veces se paran a pensar que todas las llamadas telefónicas de larga distancia y la mayoría de los programas de televisión transitan por alguno de esos satélites?”.

Rindamos homenaje

Clarke se afincó en Sri Lanka en 1956 y tenía la doble nacionalidad, cingalesa y británica. El Excmo. Sr. Mahinda Rajapaksa, Presidente de Sri Lanka, se declaró “muy apenado” por el fallecimiento de Clarke y añadió que “Sir Arthur aportó notables contribuciones intelectuales, culturales y científicas al desarrollo de Sri Lanka, realizó interesantes investigaciones científicas y escribió relatos creativos que le granjearon un merecidísimo reconocimiento en todo el mundo”.

El Sr. Rajapaksa recordó cómo, “adelantándose como siempre a su época”, Clarke había señalado a la atención de la comunidad internacional la necesidad de un sistema de alerta para los tsunamis, tras el que asoló al Océano Índico en diciembre de 2004. El pueblo cingalés está conmovido por “su valiente dedicación a la protección de la naturaleza y el medio ambiente, mucho antes de que el cambio climático estuviera en boca de todos”.

“Agradecemos a Sir Arthur que nos haya hecho entrar en la era espacial y, en particular, nos haya dado la idea de utilizar satélites geoestacionarios para las comunicaciones en todo el mundo”, declaró el Dr. Hamadoun I. Touré, Secretario General de la UIT.

Valery Timofeev, Director de la Oficina de Radiocomunicaciones de la UIT, conoció a Clarke en 1979 en una exposición organizada por INTELSAT durante una Conferencia Administrativa Mundial de Radiocomunicaciones y recuerda a “un hombre extraordinario y muy caluroso, con una gran visión científica, que dedicó todos sus escritos y predicciones al desarrollo positivo de la humanidad”.

Un escritor influyente

Para casi todo el mundo, Clarke era un autor de ciencia ficción. Escribió más de 80 libros y 500 artículos y relatos breves, de los cuales el más conocido es “2001: Una odisea espacial” (1968). Lo escribió junto con el guión de la película homónima de Stanley Kubrick y se basa en algunas de sus obras anteriores y, sobre todo, “El centinela” (1948).

En sus obras, Clarke describe a menudo avances tecnológicos que podrían llevarse a la práctica en el mundo real. Por ejemplo, predijo el desarrollo de una tecnología que permitía interceptar o desviar asteroides que amenazaban a la Tierra y en su novela “Las fuentes del paraíso” (1979), popularizó la idea de “ascensor espacial”, un hiperfilamento tendido entre la Tierra y un vehículo espacial geoestacionario, que permitiría poner diversos materiales en órbita. En 1981, Clarke afinó los detalles técnicos en un artículo titulado “El ascensor espacial: ¿Experimento intelectual o clave del universo?”. La NASA, organismo espacial de Estados Unidos, está estudiando la manera de crear ese ascensor.

La última palabra

En cuanto al arte de la predicción, Clarke formuló las tres leyes siguientes:

  1. Cuando un anciano y distinguido científico afirma que algo es posible, probablemente está en lo correcto. Cuando afirma que algo es imposible, probablemente está equivocado.
  2. La única manera de descubrir los límites de lo posible es aventurarse hacia lo imposible.
  3. Cualquier tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia.

Puede decirse que el legado de Sir Arthur C. Clarke es mostrar a científicos e ingenieros el camino hacia ese futuro “mágico”.

 

 

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